«Corredor de Gaube» 600 m, 85º MD: Pique Longue 3298 msnm, Vignemale

Sobre el Bar La Roca, en Monistrol de Montserrat, compartimos techo y sueños varios escaladores. Entre conversaciones sobre montañas, condiciones y proyectos futuros, surgen constantemente nuevas ideas para escapar hacia las alturas. Uno de los que siempre está atento a las oportunidades es Cristóbal Díaz, que suele seguir de cerca las novedades publicadas en el foro de la FEEC, una fuente imprescindible para conocer el estado del hielo y la nieve tanto en los Pirineos como en los Alpes.
Es primavera cuando Cristóbal nos comenta una noticia que despierta inmediatamente nuestra imaginación: el pasado 20 de mayo se había escalado el Couloir de Gaube en condiciones excepcionales. En cuestión de minutos, la idea toma forma y fijamos una fecha. El plan es salir el día 23 y afrontar la ascensión el 24. El grupo estaría formado por Cristóbal, Toni Cugat, Carles Brascó y yo.
Mientras preparmos la salida, Cristóbal cuenta historias de sus anteriores experiencias en la zona. Había escalado el Arlaud-Soriac y habla del macizo del Vignemale con una mezcla de respeto y admiración. Según él, es uno de los rincones más alpinos y salvajes de todos los Pirineos. Sus palabras no hicieron más que aumentar nuestras ganas de estar allí.
El 23 de mayo de 2003 suena el despertador a las cinco y terminamos de preparar el material y cargamos todo en la furgoneta de Carles. Al llegar a Lourdes, continuamos hasta el Pont d’Espagne, donde dejamos el vehículo y comenzamos la aproximación hacia Oulettes de Gaube. El paisaje nos va envolviendo poco a poco, recordándonos por qué merecía la pena cada kilómetro recorrido. En apenas unas horas alcanzamos el refugio. En esta época del año aún no está guardado y somos los únicos ocupantes. Encendemos fuego, hacemos una cena sencilla y disfrutamos de la tranquilidad de la montaña antes de una jornada que promete emociones intensas.

La alarma suena a las 2:30 de la madrugada. Desayunamos algo ligero, revisamos el material por última vez y nos adentramos en la oscuridad de la montaña, guiados por la luz de nuestros frontales y la emoción de lo que está por venir.
Avanzamos junto a los lagos y comenzamos a ganar altura mediante largas zetas sobre la pendiente helada. La temperatura es baja y el terreno está perfectamente endurecido por la noche. Todo indica que las condiciones se van a mantener estables, exactamente lo que esperábamos encontrar.
Superamos el cono de entrada del corredor y alcanzamos la rimaya. Allí nos equipamos con calma. Tras cruzarla, decidimos continuar sin encordarnos. La nieve está firme, homogénea y transmite una sensación de seguridad difícil de describir.
Poco a poco vamos remontando el corredor, que mantiene inclinaciones cercanas a los 60º y que alcanza los 70º en algunos tramos. Con las primeras luces del amanecer iluminando las paredes del Vignemale, alcanzamos el característico bloque empotrado. Aunque está parcialmente cubierto por la nieve, la presencia de hielo obliga a extremar la atención. Es uno de esos puntos donde la concentración se vuelve absoluta y cada movimiento cuenta.
Superado este paso, continuamos hasta situarnos bajo la cascada de salida, el último gran obstáculo de la ruta. Allí encontramos un spit que permite asegurar el siguiente largo. Frente a nosotros, la montaña muestra su rostro más vertical y exigente. Ha llegado el momento de afrontar el tramo decisivo de la escalada.


Cristóbal forma cordada con Toni y toma la iniciativa en la cascada. Según la reseña, aquel tramo está dividido en dos largos, pero las excelentes condiciones permiten resolverlo en uno solo. Desde abajo observamos su progresión mientras el hielo cruje bajo los piolets y la luz del amanecer comienza a teñir de color las paredes del corredor.
Carles y yo vamos a ser en la segunda cordada. Para ambos es una experiencia especial: nuestra primera cascada vertical. Afortunadamente, los tornillos permanecen instalados, facilitando la protección en aquel muro helado que, visto desde cerca, impone mucho más que desde las fotografías.
Carles abre el largo con decisión. Yo lo sigo poco después, intentando grabar cada sensación en la memoria. El sonido de los crampones mordiendo el hielo, la respiración acelerada y la confianza que se construye paso a paso forman parte de esos momentos que permanecen intactos con el paso de los años.
Cuando alcanzamos el plató superior, los primeros rayos de sol aparecen por encima del horizonte. La montaña despierta lentamente, revelando toda la grandiosidad del paisaje que nos rodea. Sin embargo, la belleza de la alta montaña siempre convive con su cara más salvaje.
Poco después escuchamos un estruendo seco. Un derrumbe se desprende de las laderas superiores y desciende violentamente por el mismo Couloir de Gaube que acabábamos de escalar. Observamos la escena con una mezcla de fascinación y respeto. En ese instante comprendemos que haber entrado tan temprano ha sido una decisión acertada. La primavera en la montaña tiene ese doble rostro: generosa y espectacular en sus condiciones, pero también imprevisible y letal para quien olvida que la naturaleza siempre tiene la última palabra.



Llegamos a la cima, el día es radiante, la vista de las norte del Monte Perdido y del Tallón es magnífica.

Pero ahora toca bajar y vamos a hacerlo por el Clot de la Hunt. Continuamos siguiendo a Cristóbal, desgrimpamos las primeras palas, la nieve es buena. Llegamos a la reunión del resalte clave, hacemos un rápel de 60 metros. Llegamos a terreno seguro, seguimos bajando, ahora en diagonal pasando varias cornisas dirección a Olettes.




Llegamos al refugio, la vista del Vignemale es un cuadro. Decidimos quedarnos una noche más, ¿Por qué no disfrutar del lugar? Por la mañana bajamos al coche y volvemos a Monistrol de Montserrat. Llegando a casa hace calor, mucho calor, parece mentira lo que escode la montaña en esta época, grandes joyas clásicas que marcan un antes y un después en la trayectoria alpina de una persona. Solo me queda agradecer la compañía y la experiencia de estos amigos.
La primera ascensión a esta ruta la hicieron Henri Brulle, Jean Bazillac, Roger de Monts, junto con los guías Célestin Passet y François Bernat Salles en 1889. En esa época no existían crampones con puntas frontales, lo que obligó a Passet a tallar más de 1300 escalones en el hielo. Lo más interesante de esta hazaña, fue que no tuvo repetición hasta julio de 1933, 4 décadas más tarde.
Guille Cuadrado








