»Espolón Walker» 1.200 m, 6a/A1/70º. Grandes Jorasses 4.208 msnm, Alpes

El 12 de julio de 2006 partimos hacia Chamonix Raúl Sauco, Gerber Cucurell, Albert Egea y yo. Viajamos en la furgoneta de Raúl, una opción perfecta para que los cuatro pudamos dormir y hacer vida en los inevitables días de lluvia que suelen acompañar cualquier estancia en los Alpes.

Acabamos llegando de madrugada. A la mañana siguiente vamos a la Office de Haute Montagne para consultar la previsión meteorológica actualizada. Anuncian tres días de buen tiempo y una isoterma 0º que se mantendrá por debajo de los 4.500 metros. Difícil pedir mejores condiciones para el macizo del Mont Blanc.
Antes de viajar, Raúl y yo, habíamos hablado varias veces del clásico Espolón Walker. Con aquella previsión, la decisión queda tomada. Las condiciones parecen ideales para hacer una actividad larga y comprometida. Además, vamos a tener margen para movernos con calma. Mientras tanto, Gerbé y Albert tienen otro objetivo: la cara norte del Dru.

Dedicamos, entonces, el resto del día a preparar el material, hacer compras y estudiar las rutas. Ellos aproximarían por Grands Montets/Argentière, así que dormiríamos en ese aparcamiento. Cuando partieran hacia el dru, nosotros nos desplazaríamos a Motenvers para aproximar por la Mer de Glace.
Aproximación a la cara norte de las Grandes Jorasses
Hoy es 14 de julio de 2006, seguimos el plan previsto, nuestros colegas ya han subido por el teleférico camino al Dru, nosotros terminamos de preparar las mochilas y subimos en el tren de Montenvers. Bajamos hasta la Mer de Glace e iniciamos la larga caminata por encima del glaciar hasta la base del Espolón Walker.

Raúl pasa la rimaya y escala los mixtos de los primeros largos con una soltura admirable. Patina aquí y allá, pero nada le para. Yo le sigo al ensamble.
En poco tiempo, completamos los seis largos iniciales, una combinación de roca mediocre y mixto. Una vez fuera de la zona expuesta a los posibles derrumbes, encontramos una repisa donde pasar la noche. Es cómoda y hay nieve para derretir. Solo llevamos las fundas de plástico para pasar la noche, pero contamos con la ayuda de las chaquetas de plumas .


Al día siguiente escalamos el Diedro Alain, hacemos la travesía a buscar el filo del espolón y afrontamos el famoso Diedro de 75 metros, uno de los mejores largos de toda la vía. Después varios largos por terreno más sencillo, aunque todavía mixto. Superamos, también, la Chimenea Helada y el célebre Péndulo.
Por detrás viene una cordada coreana. Avanzan siguiendo una lógica distinta a la nuestra: acortan travesías y evitan algunos tramos de mixto. Parece evidente que manejan una información diferente.

Más arriba alcanzamos las Placas Grises. Después nuestra reseña indica seguir recto. Vemos algunos cordinos y un muro extremadamente vertical. Algo no encaja. Aun así intento progresar, pero aquello resulta excesivamente difícil para lo que describe el croquis. La indicación habla de un paso de A0, pero la pared parece exigir bastante más.
Perdemos mucho tiempo buscando la línea correcta. Es evidente que aquel material colgando es de cordadas que se han equivocado.
Mientras discutimos las opciones, un helicóptero se aproxima y permanece unos instantes en vuelo estacionario frente a nosotros. Me hace señales y respondo que todo va bien. Probablemente realizan una ronda rutinaria para controlar las cordadas presentes en las paredes.
Finalmente decidimos dormir al pie de las Placas Grises. Fijamos cuerdas, acondicionamos la repisa y nos preparamos para pasar la noche.
Otra jornada de catorce horas de esfuerzo.


A la mañana siguiente los coreanos nos alcanzan. Hablamos con ellos, ven la embarcada de las cordadas, pero su reseña marca una travesía hacia la derecha, pasando al otro lado del espolón. Es una maniobra aérea pero relativamente sencilla. Ellos pasan delante y nosotros seguimos su trazado.
Escalamos el gran espolón en forma de cresta hasta alcanzar otros largos de mixto. Allí las condiciones empeoran notablemente. El hielo está en mal estado y la roca se deshace bajo los pies. Más que mixto, debería ser hielo y nieve. Para alcanzar el Nevero Triangular todo parece moverse.
Progreso entre gendarmes inestables hasta situarme bajo un techo. Una cascada de agua cae continuamente sobre la pared. Los coreanos avanzan tirando piedras y hielo en algunos tramos; más tarde entendemos perfectamente por qué.
Antes de atravesar la cascada recibo el impacto de un bloque de hielo. Durante unos segundos pienso que me he roto el brazo. La cincha de la mochila queda destrozada. Por fortuna el dolor remite poco a poco y consigo improvisar una reparación suficiente para continuar.
Raúl toma la iniciativa en las Chimeneas Rojas. El primer largo es un agradable corredor de nieve dura, pero pronto la pendiente se vuelve vertical. La nieve se desprende a cada golpe de piolet y bajo ella aparece una roca extremadamente degradada. Tendríamos que haber elegido la variante de placa de la izquierda. El primer largo nos había engañado.
En uno de esos pasajes, tiro un bloque y corta una de nuestras cuerdas. Aun así seguimos avanzando. Tras un par de largos más, alcanzamos una plataforma donde instalamos el tercer bivac. La jornada ha sido especialmente intensa y la calidad del terreno sencillamente pésima.


Los coreanos también han debido sufrir lo suyo. Están durmiendo apenas un largo por encima de nosotros y hasta entonces habían progresado mucho más rápido.
La noche transcurre entre estruendos de derrumbes. El cielo está despejado y las temperaturas son bajas. Conseguimos descansar algo, apoyados uno sobre otro en una estrecha repisa.
Con las primeras luces del amanecer retomamos la escalada. Por delante nos esperaba un espolón interminable. Finalmente alcanzamos los largos somitales: dos o tres tiradas de quinto grado plagadas de hielo y verglás. Es la salida.
Durante un momento pienso en cambiar los gatos por las botas y los crampones, pero acabo continuando con el mismo calzado, esquivando las placas heladas como puedo.
Por encima de nosotros aparece una enorme cornisa. Salimos por la izquierda, aprovechando una especie de túnel excavado por cordadas anteriores.
Y de repente, la cima.



Desde arriba contemplamos una de esas panorámicas que justifican cualquier esfuerzo. El Mont Blanc domina el horizonte por un lado y el Cervino aparece majestuoso por el otro.
Permanecemos un buen rato al sol, comiendo, bebiendo y repasando mentalmente algunos de los pasajes más comprometidos de la escalada. Sin duda, una de las grandes rutas alpinas.

Pero todavía queda el descenso.
Atravesamos la Punta Whymper, evitamos la barrera de seracs del Glaciar de las Grandes Jorasses, alcanzamos el famoso Riñón de Roca y descendemos mediante rápeles hasta el Glaciar de Plampincieux. Aunque sea la vía normal de ascenso, sigue siendo una auténtica ruta de montaña.
Finalmente llegamos al refugio Boccalatte. La pareja que lo guarda nos recibe con una hospitalidad extraordinaria. Nos ofrecen comida y alojamiento. Aceptamos encantados. Después de tantos días en la pared, todo estaba hecho. Solo quedará hacer el largo descenso hacia el valle de Aosta.
Aquella fue, por fin, una noche cómoda.

El Espolón Walker, fue abierto entre el 4 y el 6 de agosto de 1938 por los alpinistas italianos Riccardo Cassin, Luigi Esposito y Ugo Tizzoni. La ruta asciende directamente a la Punta Walker, la cumbre más alta del macizo de las Grandes Joresses.
Esta ascensión está considerada una de las grandes realizaciones del alpinismo de entreguerras. La vía supera unos 1.200 metros de pared en terreno mixto de roca, hielo y nieve, y su apertura resolvió uno de los problemas alpinos más prestigiosos de la época.
Curiosamente, el nombre Walker no procede de los aperturistas de la vía, sino de Horace Walker, quien realizó la primera ascensión de la cima principal de las Grandes Jorasses en 1868; la cumbre pasó a llamarse Punta Walker, y posteriormente el espolón heredó ese nombre.
Regreso a Chamonix
A la mañana siguiente nos despedimos agradecidos y emprendemos el largo descenso. Más de mil metros de desnivel. En los Alpes todo parece medirse de mil en mil.
Al llegar al valle, ya en la vertiente italiana, hacemos autostop con la esperanza de regresar al otro lado del túnel del Mont Blanc. No tarda en detenerse un hombre que, además de llevarnos hasta Chamonix, rechaza cualquier intento de compensación económica.
Allí nos reencontramos con nuestros amigos. Estaban preocupados; llevábamos varios días sin dar señales. Les contamos nuestra aventura y ellos nos relatan la suya en la cara norte del Dru. Todo ha salido bien.
Por estas fechas comienzan aquí los Campeonatos del Mundo de Escalada Deportiva. Los favoritos son varios escaladores españoles, así que aprovechamos para acercarnos a ver la competición. Entre la multitud aparece también Carles Brascó junto a Muna, recién llegados de la Bonatti al Grand Capucin. Una vez más, el pequeño mundo de la escalada vuelve a reunirse en Chamonix.

Más escalada en la Aguille du Midi
Después de unos días de descanso regresamos a la montaña. Subimos durante dos jornadas a la cara sur de la Aiguille du Midi con la intención inicial de escalar en el Grand Capucin.
Sin embargo, las tormentas de tarde nos obligan a cambiar de planes y permanecemos en la propia cara sur de la Aiguille. Allí escalamos la Contamine, la Mazeaud y la Dame du Lac, poniendo un magnífico broche final a este viaje por el macizo del Mont Blanc.



Guille Cuadrado








